INTRODUCCIÓN

Cuando dejé Madrid, tenía una terrible sensación de derrota. No pude llevar a buen puerto mi proyecto personal y tampoco el profesional. Si no me hubiese esforzado tanto en sacar este proyecto de vida adelante, creo que no me hubiese sentido tan vacío. Tenía la conciencia tranquila, no podía haber dado más…

A mi alrededor veía gente a quien su padre le había dejado unos clientes, otras empresas donde todos los socios tiraban con la misma fuerza, parejas que se preocupaban por el conjunto de los dos… esto lo entendía. Lo que no entendía es como gente más débil que yo, con menos ganas, con menos empuje y menos decisión tenían el viento de cara y poco a poco sus empresas despegaban, y crecían lo que la mía no. Empecé a sentir rabia, a preguntarme constantemente porqué yo lo tenía tan difícil.

EL ANDÉN DEL AVE

Decidí  seguir esforzándome, no me iba a dar por vencido y si la vida se ponía cuesta arriba, volvería a apretar los dientes. Siempre que la vida me ha puesto algo delante, he dudado. Nunca he rodeado un problema, pero en multitud de ocasiones cuando estaba en medio de las dos orillas… pensé que no tenía fuerzas para llegar al otro lado. Y al final siempre he llegado, y los limites de mi resistencia con cada problema se han ido haciendo más grandes.

Un día, volviendo en el AVE de una obra en Zaragoza, le conté a un arquitecto con el que trabajo esta sensación. Le dije que no entendía como otras personas lo tenían más fácil, y porqué por mucho que me esforzase no conseguía levantar el vuelo. Adolfo me dijo:

  • Diego… persevera. Tu preocúpate de mantener las velas izadas, ya se pondrá el viento a tu favor. Piensa que… el nivel de autoexigencia que llevas años manteniendo no determina el punto en el que estas, sino hasta donde vas a ser capaz de llegar.

Con el tiempo he visto como aquellos que no se esforzaron y de repente sus empresas empezaron a crecer, se han visto sobrepasados por el trabajo y la responsabilidad. Se han estancado y a veces cerrado. Y no me duele admitir que me tranquiliza comprobar que esas frases de Adolfo tenían todo el sentido.

EL HORIZONTE

Una vez me contaron la historia de un hombre que se propuso alzcanzar caminando el horizonte. Todas las mañanas se levantaba y contemplaba el horizonte a lo lejos, y caminaba durante todo el día intentando llegar hasta el.

Con el paso de las jornadas las fuerzas empezaron a abandonarle, y lo que es peor, empezó a pensar que nunca lo alcanzaría. Una noche se encontró con un sabio en el camino y le contó su objetivo, al final del relato le pregunto si alguna vez alcanzaría el horizonte.

El sabio le contestó que NO, que por más que andase nunca llegaría a la línea que separa el cielo de la tierra. Aquel cansado caminante se quedó un momento pensativo y al final pregunto: ¿Entonces para que sirve el horizonte?

  • PARA AVANZAR…