Introducción

 Durante mucho tiempo me ha preocupado como la gente reaccionase a los detalles que tengo con ellos. Unos me hacen pasar por visitador médico por regalarles un regalo, otras piensan que estoy perdidamente enamorada de ellas… y hubo un tiempo en que me importo. Ahora pienso que es mejor pedir perdón que pedir permiso.

 En este choque de comportamientos, donde yo me cuestionaba el porque la gente reaccionaba así ante una muestra de afecto, apareció el Oscar y todo se volvió más fácil. Con el puedo ser como normalmente soy sin temor a que piense nada raro y eso me hizo sentir bien, empecé a ser yo mismo sin tener que pensar en qué dirán.

                 La gente no esta acostumbrada a que le den muestras espontáneas de afecto sin pensar que quieren algo a cambio, es triste muy triste. Ahora solo dedico mi tiempo a quienes me dejan ser como soy. Le debo mucho al Oscar, cuando yo me echaba la culpa de todo, de mi salud, mis fracasos laborales, profesionales, sentimentales, mis relaciones con los demás… con el empecé a encontrarme cómodo y las cosas empezaron a ir mejor.

                 Este hombre tiene un don, te escucha y parece que todo se aclara en tu cabeza. Lo quiero mucho y procuro repetírselo siempre que puedo.

                Lleva un tiempo preocupado por su Montse. Dice que esta en uso de esos momentos trascendentales de la vida. Y creo que he pasado por unos cuantos y entiendo esa sensación.

                 No hace falta un porqué para estas líneas, un poco deuda con Oscar, un poco simpatía tuya, un poco de devolver a todas algo a todas las personas que me han hecho finalmente ser así, un poco de aquí y de allá.

 No sé si será el haber pasado por momentos similares o un insensato atrevimiento, pero se que cuando todo se mueve a tu alrededor necesitas fijar la vista en algo que se quede quieto.

 Esta es la historia de ese punto que se quedó quieto, una moneda. De como tomé la decisión de cerrar la última empresa que me quedaba en Madrid, abandonar una relación en la que ya no creía, y un estilo de vida que ocupo doce años de mi vida en 2 segundos. Lo que tardó en caer la moneda y salir Cara.

 La moneda

 Quizá la mires y parezca una moneda normal. En un mercadillo encontrarías cientos de estas monedas pero ninguna sería igual. Sigue observando porque es mágica.

 Es redonda como cabía esperar. No tiene ninguna muesca especial que la distinga de las demás y que haga que su valor sea distinto del que marca. Pero perteneció a un gran mago.

 Es fría al tacto, quizás esperabas que fuese caliente o que pudieses preguntarle cosas y ella cayendo de un lado o de otro responderte sobre tus amores, o el número de la quiniela… pero no lo hace. Pero es mágica, delante de auditorios llenos de niños y adultos un mago vestido con un frac la hacía aparecer de la nada, luego se convertía en dos, en tres, en cuatro, luego desaparecía, cinco, seis…

 Es una moneda mágica.

La barra de Houdini

Durante una época de mi vida llené mi vida de ilusión asistiendo a un club de magia. Allí aprendí a adivinar cartas, hacer aparecer y desaparecer pañuelos, recomponer cuerdas y cientos de efectos increíbles.

Me encantaba ser capaz de repartir ilusión, de reinventar la realidad y de ver la ilusión reflejada en los ojos abiertos de quienes tenía a bien ser entretenidos por un mago con tirantes.

Hay dos tipos de público, los que vienen pensando que las monedas atraviesan mesas, que las cartas se reordenan y cambian de color y aquellos que solo ven a una persona sin otro afán más que tomarles el pelo. A los segundos se los detecta enseguida, a los que disfrutan antes aún.

Tengo la gran virtud de seguir ilusionándome con al magia aún cuando sé en que momento van a aparecer y desaparecer las cosas. Puedo contemplar un efecto veinte veces y seguir maravillándome con los detalles sutiles de cada gesto.

Entre todos los magos hay uno a quien admiro más como persona que como mago, y es un gran ilusionista y un gran ladrón. Se dedica a subir al escenario a gente incauta, y enfundado en un frac impecable robarles carteras, gafas, corbatas, plumas, relojes, cinturones y hasta tirantes sin que ellos se den cuenta.

Les confunde la mente, los hace mirarse los zapatos mientras les birla el paquete de tabaco, o la cintura mientras le escamotea el reloj. Podría parecer que ridiculiza a sus victimas por desplumarlos delante de tanta gente que no para de reírse, pero es el mago más respetuoso que conozco. Siempre pide un voluntario simpático.

Antes de robar indiscriminadamente se encienden sube el telón y aparece una silueta impoluta de pelo cano y gafas de montura dorada que juega con pañuelos y monedas.

Paco Aparicio es un gran entendido en magia y dice que hay que ganarse al público desde el primer momento en el escenario o te confundirán con un camarero. El hace aparecer una moneda del aire, otra de debajo de la solapa, otra de detrás de la manga, se saca una de la nariz, otra de la oreja… ¿Cuántas monedas ha hecho aparecer de la nada? Termina llenando una fuente entera de monedas que aparecen de la nada!!

La gente solo le recuerda porque despluma al público pero es pone toda su voluntad en cada efecto. Una noche vino a la barra donde yo estaba reponiendo fuerzas al terminar el espectáculo, siempre saludaba de forma cordial, con el frac y aquellas canas a veces incluso de trataba de usted.

Estaba preocupado porque llevaba dos años sin introducir ningún cambio en su espectáculo, la competencia era feroz y tenía miedo de quedarse obsoleto.

Me confesó su gran secreto, su gran proyecto sobre el escenario, ser un ladrón de guante blanco. Quería realizar su número con guantes, algo que es tremendamente complicado porque los guantes restan muchísima sensibilidad a las manos.

Había probado con todo tipo de guantes, de piel, de plástico, finos, de hilo, etc.… ninguno funcionaba. Practicó durante años y se le caían las monedas, y la gente se daba cuenta de que le estaba tocando la cartera, el bolsillo. Los objetos se le escurrían y la tela de los guantes rozaba con las chaquetas y los pantalones. Aquel efecto era la complicación hecha espectáculo de magia.

Y lo peor de todo es que nadie valoraría sus esfuerzos porque al público le daba igual si iba con guantes o no. Incluso sería peor porque la gente que va al espectáculo a sentirse engañada por el mago pensaría que se guardaba las monedas en los guantes.

No había otra motivación, quería demostrarse a si mismo que aún podía ser mejor mago de lo que era, nadie más se daría cuenta de aquella proeza mas que él.

Aquella noche me contó iba a tirar la toalla definitivamente y probar con cosas nuevas en su número. No creo que esperase que le dijese alguna frase profunda del tipo “los demás te dirán que tú no puedes hacerlo, pero son ellos los que no han podido”, o que le motivase…

Simplemente le dije lo que pensaba: “Paco, me encantaría verte hacer tu numero con guantes.”. Me dio una palmada en la espalda y se marchó.

Un ladrón de guante blanco

El verano pasó y cuando volví a Madrid comencé a ir de nuevo al club de magia. Un sábado por la noche antes de la sesión estaba tomando una copa en la barra y alguien me estiro de los tirantes.

Era Paco Aparicio más nervioso que de costumbre, siempre se ponía nervioso antes de subir a escena. Me pregunto si me quedaba a ver su número y le contesté que por supuesto.

Cuando se subió el telón apareció su elegante figura en el centro del foco, bailando la música de la pantera rosa. Me sabía el número de memoria, ahora empezaría a aparecer monedas de la nada, y de repente me fijé en sus manos envueltas en guantes blancos.

Las monedas aparecían una tras otra y volvía a desaparecer. El público aplaudía los efectos como de costumbre pero había algo que cambió a parte de los guantes. Paco tenía una sonrisa espléndida, disfrutaba más que los espectadores con cada aparición.

Aquella actuación fue más mágica que de costumbre, sobre el escenario se representaban dos números simultáneamente y para diferentes espectadores.

En un número aparecían y desaparecían objetos, aquí todo el mundo participaba. Pero solo Paco y unos cuantos magos más que nos encontrábamos escondidos entre el público pudimos disfrutar de ver en escena a un auténtico ladrón de guante blanco.

Aquella noche, al terminar la función, Paco me busco y me invitó a una copa. Me regaló 3 monedas de 50 pesetas con las que él comenzó a preparar su número hace años, me dijo que me las quedara como recuerdo por aquellas palabras que le dije en la barra. Dijo que las había escuchado cientos de veces en su cabeza y que mientras ensayaba las había hecho suyas, como si fuese el quien se las repitiese a sí mismo: “Paco, me encantaría verte hacer tu número con guantes”.

He visto a Paco Aparicio actuar una veintena de veces después de aquella noche y nunca ha vuelto a utilizar guantes. Cuando le pregunté porqué no lo volvía a repetir me contestó que ya sabía que era capaz de hacer su número con guantes.

  Salió Cara

Si me hubiera decidido a jugarme todo a una mano de poker, hubiese escogido la baraja más lujosa y elegante que tuviera en mi colección. Si me lo iba a jugar a cara cruz, tenía que tomarme el tiempo necesario para encontrar las monedas que Paco Aparicio me regaló. Las encontré y escogí una de ellas.

Cuando lancé la moneda al aire, dije: “Si sale Cruz seguiré, si sale Cara abandono”. Cuando empezó a subir la moneda en el aire no era consciente de que en aquella echada al aire me jugaría el resto de mi vida.

No tenía nada claro, todo mi universo se movía, y tenía claro que no me convencería ninguna de las opciones que tomara. Todo revuelto a mi alrededor menos aquella moneda, aquel objeto sería quien decidiría por mi y saliese lo que saliese no volvería a pensar si era lo correcto o lo menos incorrecto, lo haría y punto.

Cuando cayó la moneda y salió cara, la idea de abandonar me pareció aterradora. La moneda decía tirar la toalla. Me decía que también tirase los esfuerzos de 12 años de mi vida a la basura.

Me resistía a la decisión. Aquella moneda, la moneda de un mago, la moneda de ilusionista. La que tantas veces se había multiplicado y desaparecido bajo unos focos deslumbrantes y la mirada atónita del público. Si algún objeto había hecho contener la respiración y dejar con al boca abierta a cientos de espectadores era aquella. La misma que a mi me decía que bajase los brazos y volviese a mi rincón.

Lo acepté y volví a Alicante. No hay grandes efectos, apariciones mágicas o milagrosas multiplicaciones. Aquella moneda salió cara y yo tiré la toalla. Fue el único punto de mi universo que no se movió y yo me agarré a él.

Ahora mi universo no se mueve, creo que hice bien. Después de 2 ataques de ansiedad y de tener todos los niveles por las nubes creo que de haber seguido en Madrid hubiese muerto joven e insatisfecho. Nunca pensé que pagaría un precio tan alto al volverme a Alicante, pero he aprendido lo realmente duro que puedo llegar a ser.

Pero cuando me quedé mirando a aquel trozo de metal supe que la decisión que tomase solo podría ser estúpida o mágica, no había términos medios, jugarte la decisión de tu vida a cara o cruz solo puede ser estúpido o mágico.

Igual que la moneda solo puede ser corriente o única, no hay término medio, un trozo de metal corriente o un pequeño milagro.

La diferencia esta en la magia, la ilusión con que yo emprendería un nuevo camino, un nuevo efecto, un nuevo truco. Los brillos con los que aquella moneda corriente deslumbro a cientos de espectadores han sido los que ha hecho de este viaje a casa un reencuentro mágico y único.

Deja que un trozo de metal tome la decisión por ti, realmente no importa lo que salga. El truco esta en tirar al aire una moneda mágica y recogerla con ilusión.