INTRODUCCIÓN

Si algo odio por encima de todo es comer solo. Es un acto social, donde compartes tu comida, tu saber culinario, tu esfuerzo y tu economía con alguien que te importa.

Comer solo me amarga la comida, la disfruto a medias. Con dormir solo me pasa algo parecido.

DESARROLLO

La primera vez que me emborraché fue durante una fiesta en el piso de una amiga. Todo me daba vueltas. Cuando entrabas al salón… me encontrabas apoltronado en el sofá con los ojos cerrados y agarrado a un cojín como si de él dependiese mi existencia.

–         Por qué te agarras a ese cojín?

–         Necesito algo que no se mueva…

Cuando era pequeño había una especie de noria en los parques contra la cual más de uno perdió algún diente. Te subías a marearte, porque aquello no tenía otra función, y con casi total seguridad lo conseguías. No fallaba el día que alguien decía haber descubierto el secreto para no marearse… cerrar los ojos!  Pero lo que realmente te hacía permanecer sereno… era mirar al eje de la rueda. El único punto en el universo que en ese momento no se estaba moviendo.

CONCLUSIÓN

Hay momentos de la vida, en que sin saber por qué… sin verlo venir… y sin tener conciencia de haber hecho algo mal… todo empieza moverse. Los amigos, la familia, el trabajo… todo gira… todo se mueve y necesitas encontrar ese punto fijo… ese cojín a partir del cual empezar a detener el universo.

Siempre busqué ese punto en la intimidades de los dormitorio, abrazando al otro lado de la cama. Compartiendo con otro tu día, tu noche y tu mañana… Buscando el nuevo ritmo al que acompasar mi universo en el calor del otro cuerpo.

Últimamente he descubierto que esa misma intimidad también alberga mis sueños. Un mundo donde me puedo abandonar a mi imaginación, volar, nadar, y construir un nuevo universo en cada intento. He descubierto alguien con quien compartir mis sueños en mi mismo lado de la cama.

Mi soledad se siente acompañada.