Deja que salga la luna

Deja que se meta el sol

Deja que caiga la noche

Pa que empiece nuestro amor.

En los altavoces del colegio mayor sonó mi nombre, cabina 7. Llegué corriendo a la batería de puertas con número que daba paso a los habitáculos exentos de cualquier otro detalle que no fuera un foco el techo y un teléfono en la pared.

Descolgué corriendo y no oí nada. Volví a escuchar mi nombre por la megafonía. Había mirado bien el número de la cabina? Estaba estropeado el teléfono? Era esa la última llamada? Salí corriendo desde la cabina hacia recepción donde se encontraba la telefonista con el fin de evitar que pusiera cualquier excusa a quien me llamase y la diese por finalizada. A mitad de camino, justo delante de la capilla había dos escalones que directamente salte haciendo patinar la suela de mis zapatos.

Llegué jadeando a la ventanilla de la “Pecera” y miré a Ana con la lengua fuera. Tardó un minuto en reconocerme, pero enseguida dijo “Bichito” y se echó a reír con la mano tapándose la boca… “Cabina 2” salió por megafonía.

Sonreí a modo de gracias y complicidad y volví sobre mis pasos a la puerta número 2 que estaba a mitad de camino. Descolgué sin encender la luz…

  • Aquí el manicomio… quien se nos ha escapado esta vez?… no admitimos devoluciones!!!
  • … Hola? – Del auricular salió una voz frágil y quebradiza que buscaba algo de ánimo.

Hacía tiempo que no hablaba con ella, Ana la había confundido… o quizá no. Ella fue la primera a quien llamé “Bichito”, pero después de ella hubo algunas mas, Ana aún se acordaba de su voz.

Estaba confusa, quería dejar la carrera, y no sé como se acordó de mi. Tampoco supe que hacer, la escuché y le dije que le haría un regalo… aquella noche, todas las canciones que cantase serían dedicadas a ella.

Por las callejas de Madrid canté unos cuantos boleros con mis compis de tuna, pero volví temprano y melancólico al colegio.

De vuelta a las habitaciones me despedí de Angel en el recibidor y puse rumbo a la terraza de la cafetería. Saqué una silla y me quedé extasiado mirando esa tremenda y redonda luna que coronaba los jardines entre colegios mayores.

Serían las dos de la mañana, alguna que otra ventana disponía de luz en la residencia femenina de enfrente, pero aquel disco de luz blanca…

  • De Valencia a Madrid hay un atajo… cuando quieras sentirme cerca mira a la luna, es un tremendo espejo… donde todo lo que le mandas me lo refleja. Llega en el mismo momento… es un tremendo amplificador… una antena parabólica gigantesca que nos mantiene conectados a ti y a mi.
  • Pero no habrá cruce de líneas con otros que hagan lo mismo?
  • No!! Esta luna te la pongo yo en el cielo todas las nochesi… y no le he dado el número a nadie más!!!

No fui consciente de que había empezado a cantar… suave, no hacía falta más. Una canción de esperanza, una canción de amor, una canción que devolviese parte de todo lo que “Bichito” me hizo sentir… No sé como explicarlo, pero supe que al otro lado de luna, alguien la escucho.

Cuando estoy entre tus brazos

Siempre me pregunto yo

Cuanto me debe el destino

Que contigo me pagó?

BARQUITO DE PAPEL

Barquito de papel,

en qué extraño arenal

han varado

tu sonrisa y mi pasado,

vestidos de colegial.

Volvíamos a casa en aquél Peugot 504 de tapizado marrón. Mi madre me dejaba acostarme en el asiento de detrás e ir en duerme-vela hasta llegar a Alicante. Había una zona del camino en la que siempre me quedaba dormido, pero a la entrada la luz de las farolas se colaba potente por los cristales y me medio despertaba.

Aquel pasar de luces nubulosas sobre mi somñolienta cabeza, con esa cadencia lángida que daba la marcha del coche era hipnótica. En el radio cassette sonaba Julio Iglesias y sin quererlo, mientras mi mano tocaba el pantalón del uniforme, mi cabeza volví o la primera clase de lengua que había recibido en mi vida, esa misma mañana…

Don Pablo intentaba hacernos comprender que ahora que ya sabíamos leer y escribir, algunos con más dificultad que otros, teníamos que aprender a redactar por nosotros mismos. Se acabó el palito-palito y comenzaba una etapa que aún se nos haría más dura, llena de complementos directos, indirectos, adverbios y lo peor… el subjuntivo.

Viendo que todos estábamos a punto de dar la clase por aburrida y comenzar cada cual con su tarea alternativa de pintar, tirarle gomas al vecino u dormitar, intentó darle más emoción. Considerando que veníamos de la clase de historia con el descubrimiento de América quiso hacer de hilo conductor y adoptó la imagen de un conquistador que desembarcase en el nuevo mundo:

  • Jau!!! Indio azteca… Yo venir a conquistar esta tiera .- Y puso la mano con la palma mirando hacia nosotros tieso como un palo. En ese momento salió la mano de Javito disparada hacia arriba como un resorte.- Dígame Sr. Serrano?
  • Los indios del Amazonas hablan igual que los indios del oeste?
  • No… – se echó la mano a la frente y se masajeo las sienes.- Pero como el único indio que conocéis es Toro Sentado… en fin… que no podéis ir por la vida hablando como si fueseis Tarzán de los monos, así que este curso tenemos una nueva asignatura que se llama Lengua Castellana.

Luego las divagaciones de Don Pablo se perdieron, o quizás fui yo quien me perdí… pero volví para un concepto que me tiempo después me haría reflexionar.

En lengua aprendimos que cuando dos idiomas se enfrentan, como cuando el conquistador llega a tierras vírgenes y empieza a coexistir dos lenguas, con el tiempo una prevalece sobre la otra y todos terminan por hablar el mismo idioma. Parece ser, y como lo dijo Don Pablo yo siempre lo he creído, que aquella lengua que sea capaz de expresar con más detalle el mundo que nos rodea y el mundo que cada uno siente por dentro será la que sobreviva.

Si el vocabulario de un indio no tiene la palabra nostalgia, o euforia… y a cambio tiene que explicarlo con un montón de palabras en su lengua, con el tiempo llegará a emplear la palabra <<castellana>> para expresarse, simplemente porque es más corto.

Por otro lado y a raíz de las definiciones que lingüísticamente se les hacían a los indios, empezaron a distinguir entre diferentes tipos de amor, diferentes tonalidades de colores…

Con el tiempo, cuando dejamos atrás los subjuntivos… descubrimos que la vida estaba llena de sentimientos, de sensaciones y vivencias que difícilmente podíamos definir… frente a nuestro primer amor nos encontramos como aquellos indios a quienes se les enseñaba el idioma… torpes y sin recursos para expresar lo que sentíamos y necesitábamos de un lenguaje nuevo… mis palabras entonces fueron canciones.

Redescubrí el mundo a través de las letras de las canciones que mi madre ponía en su cassette. Entendía lo que era ser un truán y casi fiel en el amor… y tantas y tantas canciones que conforme empecé a vivir, empecé a entender.

Hay algunas canciones que aún no comprendo, las escucho, las oigo pero aún no he experimentado la intensidad de quien las canta. Supongo que aún me queda mucho por sentir… y mucho por cantar, puesto que ahora uso el lenguaje experimento cuando canto.

Cuando el canal era un río,

cuando el estanque era el mar,

y navegarera jugar con el viento,

era una sonrisa a tiempo,

fugándose feliz

de país en país,

entre la escuela y mi casa,

después el tiempo pasa

y te olvidas de aquel

barquito de papel.